Cuando un niño o un anciano se caen, todos salimos raudos y veloces a auxiliarlos, socorrerlos y consolarlos. Alguna vez nos ha tocado decirle a un pequeñín, ante una caída “no pasó nada” o hasta aplaudirle y formar una algarabía, solo para distraerlo y que no estalle en llanto. Cuando es una persona mayor la que se cae en público, el nivel de susto por las posibles consecuencias de la caída, nos hace reaccionar de forma mucho más cautelosa y los creyentes hasta los encomendados a Dios y oramos porque no surja ningún tipo de complicación. Pero cuando es un joven o un adulto el que tiene una caída memorable, allí cambia completa y radicalmente nuestra reacción como espectadores.

Si somos víctimas de una caída, nuestra primera reacción es ver para todos los lados solo para comprobar que nadie nos esté viendo, acto seguido nos paramos cual resorte, quizás hasta nos sacudimos la ropa con algo de discreción, somos capaces de reaccionar esbozando una sonrisita con la tierna idea de que puedan pensar que la caída era planificada, estamos hasta dispuestos a rechazar cualquier tipo de ayuda porque “estamos bien, no nos pasó nada” y jamás, nunca, demostramos un ápice de dolor, actitud que solo se compara con la famosa frase con la que se conoció la falda ensangrentada de Jacqueline Kennedy a raíz del asesinato de su esposo el Presidente Kennedy de “primero muerta que bañada en sangre”. Y es que somos tan aguantadores del dolor cuando nos caemos en público, que me parece ver la caricatura de Quino cuando Guille, el hermanito de Mafalda, se cae y espera serena y calladamente hasta que su madre regrese a la casa solo para estallar en llanto…

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Otra cosa es cuando somos los espectadores de la caída de un ilustre desconocido, por un instante nuestro mundo se transforma en una gran pantalla gigante de risa que tratamos de disimular, pero usualmente es poco menos que imposible lograrlo porque no hay nada más difícil de disimular que una buena sonrisa, risa o carcajada. Pero si somos quien acompaña al caído, allí nos transformamos en parte de la película, nuestro “protagonista caído seguro terminará molesto con nosotros (lo cual es perfectamente comprensible), por lo variada de nuestras reacciones, las que inevitablemente estarán acompañadas de la risa o una sonora carcajada, dedos apuntadores al caído, imposibilidad de socorrerlo o ayudarlo porque materialmente estamos muertos de la risa o (y esto es lo peor), lo ignoramos alejándonos de la escena haciendo ver que ni siquiera lo conocemos.

Tal cuál le pasó a mi hermana con su hijo mayor, cuando estaba saliendo del salón de fiesta en donde le organizó el cumpleaños a su otra hija,  cargada con los regalos y otros enseres de la fiesta, resbaló en la rampa que daba acceso a la calle, cayendo totalmente acostada cual larga es y su hijo que para ese entonces tenía 12 años, solo atinó a decirle “¿tan cansada estás que ya te acostaste?” O como cuando, muchos años después, estaba con su hija mayor comprando muebles para equipar su apartamento de playa y decidió sentarse en una silla que le encantó, la cual resultó ser plegable y apenas colocó sus posaderas en la silla, ésta cual emparedado se cerró quedando tirada en el suelo y atrapada en la silla!!! Acto seguido su hija no podía parar de reír, al punto que tuvo que salirse de la tienda, teniendo que auxiliarla los trabajadores… Como para desheredar a ese par de muchachotes…

Y cuáles son tus más memorables caídas o de las que más te has reído como espectadora? compártelas y así todas podremos disfrutarlas, porque como siempre lo digo en mis artículos, anímate a reírte hasta de ti misma, emprende el cambio a una vida llena de risas porque de lo opuesto como que llegan sin buscarlos, te espero la próxima semana.

 

Por Liliana Valdivieso Caraballo

La Mujer con Éxito

Creadora de: Divina Locura

Abogada, Facilitadora, Coach PNL, Adicta a Sacar Sonrisas

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