Desde diciembre de 1937, la sociedad norteamericana trataba de olvidarse del posible peligro de una nueva guerra en Europa y deliraba con el programa furor –35 puntos de rating– de la radio: el cómico y ventrílocuo Edgar John Bergen y su muñeco Charlie McCarthy, a quien los escuchas suponían una persona real.

El domingo 30 de octubre de 1938 no fue la excepción. La audiencia reía a carcajadas, mientras esperaban la cena, con las ocurrencias de Charlie y las preguntas disparatadas de Bergen, pero aprovecharon el bache provocado involuntariamente por una anodina cantante de jazz para girar el dial. Habían pasado doce minutos de las ocho de la noche. Y la alegría viró violentamente a angustia cuando escucharon la alarma emitida por la CBS desde sus pobres cuatro puntos de rating.

Siete minutos antes, la CBS había brindado un parte meteorológico extraño: “Ligeras perturbaciones atmosféricas con causa desconocida. Ampliaremos”. Luego, hubo una brevísima pausa musical que apenas redondeó los ocho segundos y que fue interrumpida para informar sobre la comprobación de varias explosiones de gas incandescente en Marte. Casi de inmediato, el parte dio paso a las noticias en la voz de Carl Phillips (periodista) y los comentarios de Richard Pierson (astrónomo) y Montgomery Smith (general del Ejército): lo que se suponía un meteorito caído en una granja de New Jersey era un vehículo espacial cilíndrico de poco menos de 30 metros.

En directo, el equipo de exteriores de la CBS enviado al lugar hacía escuchar el extraño zumbido que emanaba de ese objeto que había sido rodeado por fuerzas del orden. Todo ocurrió en quince minutos de transmisión ininterrumpida: una puerta del vehículo que se abre, llamaradas, explosiones y un número no determinado de seres que salen del objeto. Relataron los reporteros, las voces descontroladas, el terror en cada palabra, la masacre realizada mediante armas desconocidas y de poder sobrenatural de siete mil hombres (bomberos, policías, soldados) que habían acordonado el área. La invasión marciana era un hecho. Ya nadie volvió el dial a las gracias de Bergen y su muñeco.

La audiencia de la CBS se multiplicó por los enloquecidos llamados telefónicos entre familiares y amistades y vecinos. La voz del secretario del Interior llamaba a la calma, pero, al mismo tiempo, informaba que los marcianos, desde decenas de naves, iban destruyendo puentes, rutas, vías férreas y centrales eléctricas. Las cifras de muertos eran incalculables, siguió el secretario, llamando a una urgente evacuación de Nueva York.

El periodista Carl Phillips recogía los partes de sus colegas para informar de la ingente aglomeración en las principales vías de salida de la ciudad, cosa que comprobaron, horrorizados, los miles y miles de oyentes que salieron de sus casas en busca de la salvación. Los ciudadanos que habían sintonizado a las ocho en punto la CBS (ese escaso cuatro puntos de rating traducido en personas reales), cómodamente sentados en el living de sus casas, esperando la cena, siguieron el decimosexto programa dominical del Mercury Theatre que, producido por John Houseman y dirigido por el jovencísimo Orson Welles (23 añitos norteamericanos), realizaba la adaptación radiofónica de La guerra de los mundos, la novela que el inglés Herbert George Wells había escrito en 1898.

Los que habían clavado el dial a las 08:12, descubrieron la realidad luego de 40 minutos de pánico. Hubo reacciones de todo tipo: H.G.Wells dijo, desde Londres, que no era responsabilidad suya el haber escrito una novela cuarenta años atrás. La compañía de sopas Campbell, atenta a la audiencia lograda por los actores, decidió patrocinar de manera exclusiva al programa del grupo Mercury, que cambió su nombre por Campbell Playhouse. Los radioescuchas indignados, todavía temblando por el terror de la noche anterior, hicieron llover demandas por daños morales y materiales sobre el Mercury Theatre.

La cuestión fue resuelta por Houseman: al comienzo de la transmisión y promediando el programa, se habían realizado los anuncios correspondientes de la obra ficcional que se representaba. Desde Hollywood, ni lerdos ni perezosos, llegaron las ofertas en busca de futuros éxitos: contrataron a Houseman, a Welles y a todo el elenco del Mercury (Joseph Cotten, Agnes Moorehead, Everett Sloane, entre otros jóvenes). El equipo respondió casi de inmediato: dos años y medio después, estrenaban la película El ciudadano Kane (Citizen Kane) destrozando taquillas.

Orson Welles atendió a una sola demanda, la de un campesino de New Jersey que había gastado en un pasaje de bus el dinero ahorrado para comprarse un par de zapatos. Y, sonriente, envió el par de zapatos: negros, abotinados, número 43, impecables en su caja de cartón.

Orson Welles es considerado hoy en día, uno de los artistas más versátiles del siglo XX en el campo del teatro, la radio y el cine, en los que tuvo excelentes resultados. Alcanzó el éxito a sus veintitrés años gracias a esa obra radiofónica. Welles tenía cierto prestigio por la dramatización de obras en radio como “Los miserables”, y así comenzó ese ciclo semanal en la cadena de alcance nacional mencionada con esa temática. Así estuvieron “Drácula”, “El Conde de Montecristo” y “Casablanca” entre otros.

En La guerra de los mundos, el actor y realizador interpretó al profesor Pierson, científico que explicaba que ocurría con la participación de un actor imitando a un periodista célebre de la época. Tras estas palabras: “Desde Toronto, el profesor Morse de la Universidad de McGill informa que ha observado un total de tres explosiones del planeta Marte” y una banda musical que habitualmente se interrumpía para informar de una ficticia invasión marciana, el personaje de reportero señaló: “Señoras y señores, esto es lo más terrorífico que nunca he presenciado…”.

Los oyentes que escucharon la emisión y no la introducción pensaron que se trataba de un informativo real, lo que provocó el pánico en las calles de Nueva York y Nueva Jersey, donde se suponía era la noticia. Entonces se bloquearon las llamadas a la policía, autoridades, emisoras por quienes intentaban protegerse de los ficticios ataques con gas de los marcianos.

Al otro día las protestas exigieron la cabeza de Welles, quien pidió perdón por “la broma de Halloween”, que fue considerada una burla por quienes la sufrieron. La histeria colectiva demostró el poder de los medios de comunicación masiva y marcaron, tal día como hoy hace 78 años, un hito ya imborrable en la historia de los mismos.

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Por Nuvia Arcia Pozzo
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