La nueva novela de Rosa Montero, La Carne (Editorial Alfaguara), es una intriga emocional que lleva al lector a reflexionar sobre: el paso del tiempo, el miedo a la muerte y al fracaso, aunque desde una mirada esperanzadora en la que el amor y el sexo recuerdan que, antes de morir, se vive. “Creo que ésta es mi novela más libre. Pienso que escribí mis últimos tres libros desde la madurez literaria, con esa fluidez y precisión”, dice.

Montero (Madrid, 1951) ya pasó la barrera de los 60, pero asegura sentirse como una joven de 12; “quiero esforzarme y llegar a los 16”, ironiza. Y cita a Oscar Wilde: “Él decía que lo malo no es envejecer, sino el no envejecer por dentro, porque entonces cada vez hay una diferencia mayor entre lo físico y lo real”.

La protagonista de su libro, Soledad, también ha llegado al umbral de los 60 “y es arrastrada por la fuerza de la vida”. Es una comisaria de exposiciones que prepara una muestra de “escritores malditos” para la Biblioteca Nacional. Tuvo muchos amantes, pero nunca pareja estable, “y luego se va sabiendo por qué”. Soledad rompió con Mario, su amante, y él va a ir con su mujer a la representación de una ópera, “y ella monta en cólera como una niña, muere de rabia y despecho, y tiene la estúpida idea de contratar a un gigoló para darle celos. No quiere acostarse con él, aunque podría, porque es carísimo (600 euros por cinco horas) solo darle celos. Pero, como suele ocurrir, nos pasamos la vida haciendo planes minuciosos y luego viene la realidad y los pisotea”, explica. A partir de ahí, el relato pega un vuelco e intriga hasta el final.

Tanto Soledad como los escritores malditos que elige para su muestra comparten sufrimientos. Son autores reales, menos una. Ellos son Philip K. Dick, marcado por la muerte prematura de su melliza; Guy de Maupassant, que intentó suicidarse varias veces; María Lejárraga, invisibilizada socialmente a pesar de ser la autora de las piezas de dramaturgia que popularizaron a su marido; Pedro Luis de Gálvez, quien vivió el encierro, y las chilenas María Luisa Bombal, que sufrió el desamor e intentó matar a uno de sus amantes y María Carolina Geel, autora de un resonado crimen pasional en el hotel Crillon.

Como ellos, Soledad también se siente maldita y, a medida que avanza el relato, vamos sabiendo por qué. A pesar de ser una mujer de éxito social, siempre se siente excluida. Soledad explica en la novela lo que es ser un maldito: “Es saber que tu discurso no tiene eco, que no hay oídos que te entiendan. Es no soportar la vida ni a ti mismo”.

Montero cree que cierta “maldición” que sobrevuela a los novelistas reside en que son personas “más obsesionadas con el paso del tiempo y con la muerte que la media”, y se incluye a ella misma en el lote. “Quizá por eso escribimos contra la muerte”. La autora tiene una teoría: esta obsesión se construye en la infancia. “La mayoría vivió un momento de violenta decadencia en esos años: Simone de Beauvoir era hija de un banquero que se arruinó y pasó a vivir en una casa con retretes para 40 familias. Joseph Conrad se quedó huérfano con 10 años. Otras pérdidas son menos evidentes, pero son interiores y simbólicas. Es gente que a una edad temprana vio lo que el tiempo hace, que mata, destruye, que no es para siempre, entonces somos más conscientes de su paso y del deterioro. Luchas contra eso y también hace que estés más lleno de vida.”

En ese tironeo entre luz y ocaso está, para la escritora -existencialista donde las haya-, La Carne. “La carne nos aprisiona, porque no escogemos el cuerpo que nos toca; la carne nos enferma y nos mata, pero también nos hace gozar.” Montero dice que empezó a cuidarse “tarde, mi primera crema me la puse hace 20 años”. Pero insiste en que ser joven es otra cosa. “No es tener la piel tersa y los glúteos duros, sino saber que puedes empezar de cero. Con la edad, ya cargas una mochila de piedras: miedos, pérdidas y el daño que te han hecho y que hiciste. Y tú ya eres eso.”

La escritora vivió la última etapa del franquismo, la transición, la caída del muro y ahora “el deterioro brutal del sistema democrático. El mundo es un horror”, dice, y responde que en su país ya no existen las dos Españas de las que hablaba Machado. “Ahora hay 27 y una España corrupta y miserable”.

Mientras tanto, ella sigue escribiendo. En su próxima novela, regresará Bruna Husky “y tendrá un final tremendo”, adelanta. Montero habla rápido, corre con las palabras, parece no querer perder tiempo. Tiene tres tatuajes que se hizo pasados los 50: una salamandra, símbolo de regeneración; una bandada de pájaros en un brazo, para “celebrar la vida” y la frase “ni pena ni miedo” en la espalda. Se tatuó a estas edades porque, “por mucho que viva, ya no tendré tiempo para aburrirme de ellos”. El paso del tiempo se lo toma en serio: “Uno empieza a envejecer desde la cuna”, subraya.

Rosa Montero lleva un collar de calaveras, como un rosario, colgado al cuello. “Lo compré porque me parece precioso e ilumina la cara, son como perlas modernas”. El tiempo, es una de sus grandes obsesiones, ser tan consciente del paso de los días, característica que ella cree distintiva en muchos novelistas, la ha llevado a escribir incansablemente sobre este dilema.

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Por Nuvia Arcia Pozzo
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